Lo acepto. Tengo que decir que extraño mucho mis dos ciudades, la gente que me acompañaba y bueno, ¿por qué no?, la escuela.
No es que no me guste Tijuana, la verdad es que con el tiempo y si me lo propusiera sería capaz de adaptarme y quererla tanto como lo hago con Mazatlán y Culiacán. Tiene muchas cosas buenas aún cuando no la he conocido en su totalidad y además no quisiera que acabara el semestre; me estoy esforzando más en la cuestión académica y me gusta la manera en que me dan clases. En fin, no puedo evitar la nostalgia que trae consigo la necesidad de una buena plática de tres horas en un café...o con unas cervecitas.
Así que, a manera de ejercicio, haré una lista con datos de cada circunstancia.
¿Por qué extraño Mazatlán?
Yo nací en Mazatlán, Sinaloa; viví ahí por 18 años hasta que me fui a estudiar a Culiacán. La ciudad es pequeña y acogedora, la gente es más liviana y el mar es encantador. "Mi" ciudad siempre la extrañaré simplemente porque alberga recuerdos de muchos años pero, además, cada que voy es un comenzar de nuevo, sentir como si fuera la primera vez que la vivo aún cuando he visitado casi todos sus rincones. Cuando estaba en Culiacán, contaba los días para poder irme de fin de semana a visitar a la familia y a los amigos, a mis perros, mis gatos...
Y sin duda de las cosas que más extraño es poder estar sentada frente al mar, en algún barecillo o en el malecón, mientras me tomo una cerveza y convivo con los buenos amigos.
También extraño las reuniones en mi cuarto. Pasaba una vista por algunas fotos y recordaba los buenos momentos que pasamos tomando y comiendo jocoque, mientras hablábamos de todo y nada o hacíamos una y otra vez los mismo juegos reciclados.
¿Por qué extraño Culiacán?
Desde que llegué a Culiacán sentí cómo mi existencia se convertía en un "no soy de aquí ni soy de allá". En un principio la idea me parecía perfecta: sin ataduras ni apegos. Pero conforme el tiempo pasó, empecé a tener la necesidad de sentirme parte de algún lugar; me negaba a echar raíces en la capital y no podía despegar mi recuerdo de Mazatlán, donde no podía quedarme. Ahí, pienso, es donde comenzó todo este embrollo de "aprender a dejar ir" que no dudo que, con la práctica y mentalizándome en ello, pueda dominarlo más adelante.
En Culiacán, y especialmente en la EFyL (mi escuela), está depositado el proceso de mi Yo en uno de sus máximos esplendores. Entrar a estudiar Filosofía, despegarme de mi madre, comenzar un nuevo ciclo, provocó un cambio enorme en mí. Así que, para bien o para mal, la persona que soy ahora se lo debo en gran parte a esos tres años ahí. Esta contradicción que me hace sentir en ocasiones incómoda y me hace entonces desear lo que ya no es.
-Extraño a mis compañeros. Es curioso porque, estando ahí, no era consciente de las grandes personas que son. Platicar con ellos antes, después o entre clases. Tener la confianza de pedirles un favor o de discutir sobre cualquier tema. Ser copartícipes de nuestras historias de vida y de la creación de nuevas aventuras. Despejar dudas y dialogar sobre temas de filosofía.
-Extraño mi pequeña pero acogedora escuela. Y es que la Escuela de Filosofía y Letras es una de las "Facultades" con menos número de alumnos, y ni se diga de la carrera de Filosofía. Todos nos conocemos y con cualquiera se puede entablar una conversación. Además tenemos nuestro espacio, en el tiempo correspondiente.
-Extraño la biblioteca. No por ñoña sino porque Filosofía tiene su sección en la biblioteca de Humanidades, además casi nadie la visita y los cubículos siempre están desocupados. Yo me iba en el momento que quería a encerrarme en un cubículo y ...ahh la gloria.
-Extraño las pachangas. Su condición de escuela pequeña y acogedora, nos permite realizar reuniones fuera o dentro de las instalaciones. Y una bebida muy famosa, creada por el encargado de servicio social, llamada "rosita" es nuestro elixir.
-Quizá sea absurdo pero también extraño encontrarme con los profesores por los pasillos. Aquí en UABC el maestro viene a dar su clase y bueno, no hay mucho tiempo para quedarse dialogando por los pasillos con los alumnos.
-En sí, extraño ese ambiente tan personal, sin estar tan ceñido a la cuestión académica.
¿Qué extrañaría de Tijuana?
Mmm aún cuando no he tenido la oportunidad de disfrutar Tijuana al máximo junto con su gran atracción "San Diego", sí puedo decir que hay cosas que me han atrapado, sobre todo en cuanto los profesores de la Facultad.
-Extrañaría, sin duda, el estar en un lugar nuevo. No sé cómo explicarme pero la novedad siempre trae emoción pero una emoción distinta a la que se experimenta ya que te acostumbras a un lugar. Y ambas son extrañables, sólo que la segunda puede viciarse.
-La variedad de películas y de cines.
-De la escuela extrañaría esas cosas banales que para mí son novedad: el café dentro de la escuela, la cafetería con tantas opciones para escoger, el banco dentro de la escuela emmmm....
-Bueno lo que sí extrañaría bastante, y es por me ha gustado muchísimo, son los profesores. Tengo 4. Uno de plano no, aburridísimo. Pero los otros tres, mis respetos. Uno de ellos es muy divertido, es como el modelo de profesor que me gustaría seguir. Además son muy pacientes para explicar. El gran problema que tenía yo en la EFyL, era el miedo terrible que me daba opinar por no querer regarla. O no sé, en clase se preocupan muy poco, creo yo, si el alumno entiende o no. En cambio acá los profesores se esfuerzan por no ser protagonistas. Y de meterle un poco de humor. Uf, eso me encanta.
-A mis compañeros no podría decir si los extrañaría o no. Es que la forma en que se dan las cosas acá, es demasiado impersonal. Uno puede escoger sus clases, cambiar de salón, etc. Hay una mezcla de licenciaturas, que un principio me parecía interesante pero ahora me desespera. No me ha tocado tener una plática más allá de lo casual, fuera de clase. En fin.
Creo que después de todo, el problema no reside en la ciudad sino en cada uno de nosotros. Yo he tenido problemas para adaptarme porque no soy la persona más social del universo. Aunque no pido mucho, sólo alguien con quien platicar, y estando lejos es difícil hacerlo virtualmente, quizá esa sea la razón por la cual me dio por extrañar tanto. Es decir, me encantan los cambios, pero no cuando me hunden en este solipsismo del que soy partícipe tan a menudo.
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